Por Diego C. Andrusyzyn

El estallido cruento de la Revolución del 47, su desarrollo y consecuencias irreparables , constituyeron el cúmulo de factores decisivos que provocaron uno de los éxodos más importantes del siglo XX en la República del Paraguay. Miles de paraguayos salieron de su frontera, mayoritariamente, rumbo hacia la Argentina. Formosa, Chaco, Corrientes, Misiones y Buenos Aires fueron los destinos. Se inició así el proceso exiliar más duro del país hermano, que se profundizó luego con el stroessnerato. Hombres y mujeres tuvieron que lidiar con el desarraigo, dejando atrás la patria y en ella seres queridos cautivos, huidos, perseguidos, muertos. Hoy, estos hombres y mujeres del exilio son abuelos, abuelas, padres y madres de muchos de nosotros.

 

 

Alianzas

Tras el fin de la Guerra del Chaco (1932-1935), Paraguay comenzó a vivir épocas convulsionadas. Asunción era un nido de conspiraciones. Los distintos sectores políticos que durante la guerra habían trabajado en conjunto por la causa, ahora se disputaban el reconocimiento popular y una plaza de privilegio en el gobierno. El proceso iniciado se desenvolvía con una lógica anticonstitucional plena. Los períodos democráticos eran breves, endebles, interrumpidos constantemente por revueltas y derrocamientos. A la hora de recurrir a las urnas, el fraude electoral lo ensuciaba todo.

En tanto, el pueblo quedaba relegado, encerrado en medio de un fuego cruzado que auguraba lo peor.

 

En enero de 1943, Higinio Morínigo ganó las elecciones presidenciales, sin oposición.

Su sistema se sustentaba con políticas de extrema derecha. De esta manera, “proclamó un estado fundado en el Orden, la Disciplina y la Jerarquía que tenía como modelo la Italia fascista”, y creó “la figura del ‘delincuente político’, pasible de sentencia de muerte si el Tribunal de Defensa del Estado así lo disponía”. [1]

El camino estaba prácticamente allanado para el mandatario. Había logrado el poder absoluto en pocos meses. Tanto el partido Liberal como el Febrerista estaban proscriptos. En cuanto al partido “colorado” o A.N.R (Asociación  Nacional Republicana), tampoco participaba de la vida política pero sí mantenía negociaciones constantes con el régimen.

Las cárceles se poblaban día a día de presos políticos, y los países vecinos, de expatriados. No se admitía la posibilidad de disentir.

Al no tener una alianza política firme, Morínigo se apoyaba en el sector nacionalista de los militares: el Frente de Guerra, encabezado por el coronel Victoriano Benítez Vera. Esta facción pro nazi apoyaba abiertamente al Eje en la Guerra.

No obstante, el gobierno comenzó a tener algunas relaciones con los Estados Unidos. Aceptó la ayuda económica que el país del norte propuso a Paraguay. Con esa ayuda Morínigo prometió costear políticas destinadas a sectores populares.

Pero nada era gratuito. El nuevo embajador norteamericano puso las condiciones: debía restaurar la libertad de prensa constantemente amordazada, levantar la prohibición de los partidos de la oposición, y por último, convocar a elecciones limpias, con participación de todos los sectores políticos.

En tanto, las protestas de estudiantes y trabajadores, dirigidas por simpatizantes de la oposición, comenzaban a ganar fuertemente las calles.

Ante las presiones, Morínigo finalmente cedió. En 1945 declaró la guerra al Eje que iba camino a la derrota: a Paraguay le convenía estar del lado de los vencedores. En junio de 1946, dio un golpe a Campo Grande y apresó a los oficiales del Frente de Guerra. Luego puso fin a las persecuciones y comenzó a idear un gobierno de coalición que integrase a “febreristas” y “colorados” en el gabinete, como primer paso hacía la democracia. Él por su parte quería retirarse a una vida más tranquila, en el campo.

Aquel período -que duró seis meses- fue llamado “primavera democrática”. La  oposición pudo regresar al país y reanudar las tareas políticas. Parecía que volvería la tranquilidad. Pero volvieron las viejas disputas y conspiraciones. Los Liberales criticaban ferozmente al presidente. Los Febreristas, permanecían reacios a negociar. Y los Colorados estaban divididos en dos facciones: los “democráticos”, al mando de Federico Chávez, y el “Guión Rojo”, liderado por Juan Natalicio Gonzáles. Estos últimos, no aceptaban compartir el gabinete con los Febreristas, condición que sí aceptaban los Democráticos: querían el poder absoluto en sus manos.

De esta forma, las tropas de choque “Guiónistas” comenzaron a atacar violentamente a sus adversarios febreristas, liberales y comunistas, con la intención de disuadirlos. Destruían sedes partidarias y periódicos; realizaban trabajos de infiltración e inteligencia; disolvían reuniones y reprimían marchas y protestas; perseguían a los simpatizantes, militantes y líderes.

Mientras esto ocurría, por debajo se sucedían los negociados: Juan Natalicio Gonzáles quería ser el nuevo presidente y propuso a Morínigo, a cambio de la sucesión del poder, mantenerlo en su cargo de comandante en jefe del ejército.

La violencia “guionista” continuó en forma creciente y amparada por el gobierno. El efecto: en enero de 1947 los Febreristas renunciaron a sus puestos en el gabinete y prometieron revelarse. Fueron inmediatamente expulsados del país. Liberales y Comunistas corrieron igual suerte.

En un sólo movimiento los “colorados”, capitaneados por el sector “guionista”, acapararon todos los espacios de poder. Se acercaban tiempos aciagos para el Paraguay.

 

 

La Revolución de 1947

En la noche del 7 de marzo del ’47 nadie dormía en Asunción. La tensión se palpaba en el ambiente como una presencia pesada: el estado de sitio vigente desde el 11 de enero había instaurado un plan represivo que ensombrecía la capital.

La desconfianza, el temor, la impotencia retraían el ánimo de gran parte de la población. No era el caso de los sectores más combativos, quienes se resistían a abandonar la lucha frente a la hegemonía colorada.

El peligro se había vuelto un enemigo siempre latente e imprevisible. No obstante, las primeras horas de aquella madrugada pasaban sin sobresaltos.

Eran las 3.15 AM. La luna asomaba limpia sobre el caserío colonial asunceno, y desde el río Paraguay subía una brisa amable. De pronto un estruendo azotó la tranquilidad. Gritos y corridas se desperezaron por las calles aledañas a la Plaza de los Héroes. No era un buen síntoma.

Desde entonces la agitación fue creciendo hasta que todo se transformó en un combate franco. La balacera tronaba inclemente de a ratos y después daba paso a un silencio momentáneo, igual de intimidante.

Había mucho movimiento. Desde la avenida se alzaba un rumor confuso, desordenado. A lo lejos retumbaban los ladridos nerviosos de perros. De nuevo las corridas y unos tiros ahogados, de bajo calibre. La ciudad comenzó un vigilia obligada; reinaba la incertidumbre, el pánico, la expectativa.

En tanto, la caballería deambulaba desorientada. Buscaban, tiraban al aire; no sabían muy bien a qué atenerse. Grupos militares se desplazaban raudamente. Según testimonios, se parapetaban en las esquinas, desconfiados de cualquier sombra o movimiento sospechoso, rodeaban las cuadras para rastrear, entraban por los jardines, atravesaban patios, saltaban ligustrinas, trepaban medianeras. Los rostros oscuros, enajenados.

Cuando la situación parecía aplacarse, el estruendo volvía a recrudecer escalonadamente. Se oían descargas dispersas en el centro, en las barriadas, en todas partes. El olor a pólvora invadió el aire. Las balas perdidas repicaban en los muros o caían en los techos, como pedrada.

Sin lugar a dudas algo grande estaba sucediendo.

 

En pocas horas de enfrentamiento, había sido tomada la jefatura de policía de la capital paraguaya por un grupo de Febreristas. Sin embargo fueron desalojados tras una ofensiva de la Escuela Militar cercana. Como resultado, terminaron encarcelados algunos sublevados. Los demás se perdieron en la noche. La rebelión estaba en marcha.

Al amanecer, de nuevo la quietud. La gente intercambiaba por lo bajo algunas impresiones ante la mirada escrutadora de los oficiales que, fusiles en mano, vigilaban las calles.

Mientras tanto, en Concepción, provincia ubicada al norte de Paraguay, se gestaba otra revuelta desde la guarnición militar. Luego de la toma de la misma, la noticia comenzó a propagarse por todo el país. Esa era la señal.

Febreristas, Liberales y Comunistas comenzaron a armarse. Tenían la esperanza que desde Concepción nacería la liberación del pueblo paraguayo. Hacia allá partieron algunos. Otros se infiltraron en Asunción para organizar una estrategia de sabotaje e ir preparando las condiciones. El objetivo era derribar el gobierno de Morínigo y sus aliados “colorados”.

Ante el peligro rebelde, el Partido Colorado conformó un nutrido grupo de campesinos como fuerza de choque o milicia irregular. Los llamaban “Py Nandí” (pies descalzos en lengua Guaraní). A unos se los reclutaba por ser partidarios, a otros se los compraba, aprovechando la necesidad de éstos. Simultáneamente se recurrió a la liberación de las cárceles de “presos comunes” quienes se transformaron en sicarios del gobierno.[2] En conjunto con los del “Guión Rojo” rastreaban casa por casa en busca de los sediciosos. Destruir era el mandato.

Luego de un inicio favorable, caracterizado por la valentía y el embate sorpresivo, la lucha empezó a ser cruenta y desigual para los rebeldes. Estaban sufriendo una contraofensiva asfixiante. Periódicamente caían apresados o muertos y otros se iban quedando sin base estratégica. Por si fuera poco, las incesantes lluvias de abril obstruyeron la ofensiva desde Concepción, destinada a invadir la capital: el río, cuyo curso unía las dos ciudades, había crecido y era imposible navegarlo.

Los sublevados de la marina creyeron oportuno este escenario para atacar. Pero se necesitaba el apoyo de hombres en tierra. Por esta razón, el avance sólo permitió ocupar algunas zonas vitales que rápidamente fueron recuperadas por la caballería y los “py nandí”. Como represalia, Morínigo mandó bombardear la base naval. Nadie sobrevivió al ataque.

El ejército moriniguista-colorado decidió pasar a la contraofensiva definitiva e invadir Concepción. Lo logró el 31 de julio. Fue una ocupación sin sobresaltos. Morínigo, “lleno de júbilo, ordenó que todas las iglesias de la capital hicieran sonar sus campanas para celebrar el triunfo” [3]. Lo mismo había ordenado Hitler en junio de 1940, una vez consolidada la invasión a Francia: los campanarios sonaron durante tres días en toda Alemania.

Pero las filas revolucionarias no se daban por vencidas. La noche del 30 de julio habían huido de la ciudad porque sabían del avance enemigo. Este repliegue les permitió reagruparse y decidir cuál iba a ser el próximo paso de la lucha: atacarían por agua.

Habían tomado dos cañoneras y se acercaban río abajo hacia la capital. Mientras que desde el norte se aproximaba una flota de embarcaciones con el mismo objetivo.

La revuelta alcanzaba así su momento más álgido. Asunción estaba rodeada. Morínigo reorganizó su ejército y los instó a defender la ciudad de una posible invasión. Ordenó al coronel Alfredo Stroessner “tomar posesión del fortín de Humaitá, desde cuyas alturas se dominaba el río”[4]. Además el gobierno argentino del general Perón, enterado de la probable invasión a la capital del hermano país, envió dos barcos para la defensa: el “Granville” y el “Drummond”.

Los combates fueron encarnizados. En poco tiempo los moriniguistas-colorados controlaron los ríos. Dejaron fuera de combate a las cañoneras, a esa altura la única posibilidad de resistencia rebelde. Asimismo, los revolucionarios que habían podido entrar en la ciudad y que se preparaban para atacar por tierra, fueron inmovilizados por los “py nandí”, quienes no dudaron masacrarlos.

Para el 14 de agosto, los sublevados estaban rodeados pero aún seguían peleando. Las barriadas costeras de Asunción eran sus lugares de escondite. Allí la gente los ayudaba hasta donde podía, sintiéndose solidariamente parte de la resistencia al autoritarismo colorado, aun corriendo el riesgo de ser sometidos a las represalias por semejante actitud. Un plato de comida, un lugarcito dónde dormir o esconderse o un abrigo no podían ser negados. Pero la situación era adversa para los combatientes. Sólo les quedaba esperar ocultos que mejoren las condiciones para pasar al frente en el ataque, o de lo contrario huir a otro país dando por perdida la contienda.

 

Los aliados “levantados” lucharon con afán y valentía hasta el amanecer del día 19 de agosto. En esa jornada se rindieron los últimos, ya sin fuerzas y sin armas, bajo un cielo pálido.

De nuevo sonaron las campanas de las iglesias, pero esta vez en forma definitiva. La revolución o “revuelta de Concepción” había sido totalmente aplastada.

 

La venganza

Las represalias por parte de los “colorados” no se hicieron esperar y fueron devastadoras. Las “guardias urbanas” salían en busca de los sublevados que habían sobrevivido y de todo aquel ciudadano que simpatizara con alguno de los partidos rebeldes. En el más leve de los casos los desterraban, no sin antes pasarlos por la tortura física y psicológica de toda clase. Sino, los fusilaban. Las familias eran expropiadas y vejadas, degradadas moralmente a través de los métodos más aberrantes. Los hogares, saqueados y destruidos. Las mujeres, brutalmente violadas. Los que podían escapar, se marchaban al exilio. Algunos, se escondían en el monte con sus familias para que no los agarraran; otros hacían lo que estaba a su alcance.[5]

Las cárceles del país ya no daban a basto, estaban abarrotadas de presos políticos. Ante esta situación, una vez terminados los combates, comenzaron a usar los estadios de fútbol para albergar a los detenidos. Allí los torturaban sin cesar y muchos eran ejecutados luego de ser condenados a la pena de muerte.

Por esos días Paraguay era un gigantesco campo de concentración “colorado”.

Para los que sobrevivían aún a la casería, franquear las fronteras comenzaba a ser un contradictorio anhelo.

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[*] La escritura de esta nota está casi íntegramente basada en los datos históricos de la obra de Bethel, Leslie: Historia de América Latina, Tomo 15, El Cono Sur desde 1930 – Capítulo 4, Paraguay, 1930-c. 1990 –España – Crítica 2002, excepto los párrafos indicados con sus respectivas notas.

 

[1] Diana Arellano, Movimiento 14 de Mayo para la liberación del Paraguay. 1959: memorias de no resignación, editorial Universitaria de Misiones, 2005, p. 44.

 

 

[2] Diana Arellano, op. cit.

 

[3] Bethel, Leslie, op. cit., p. 199

 

[4] Ibidem, p. 199.

 

[5] Diana Arellano, op. cit

 

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